Amor enfermizo.

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Amor enfermizo

   Durante aquella época de afloramientos peligrosos tuve una relación  perfectamente irracional con un chico llamado Diego.  

Diego Pardo, con pinta de aventurero y voz implacable que me absorbía con tan solo abrir su boca, que me adormecía con tan solo sentir su aliento y que me mentía con tan solo mirarlo a los ojos.  Él tenía los mismos problemas que me afectaban y sentía mi corazón palpitar junto con el suyo. Nunca tuve un amor así, y aunque conocí a muchos chicos en aquellos caminos, ninguno le superaba, ninguno podía hacerme sentir como él.  Nos apoyábamos en nuestras andanzas y éramos muy solitarios, siempre peleábamos y nos heríamos sin pensar en ello, tanto que no nos importaba vernos salir con otros después de cada  disputa solo con tal de hacernos sufrir, porque nuestro orgullo era mayor que nuestra propia atracción, estábamos muy dañados, pero de alguna forma siempre lográbamos arreglarnos.  Teníamos un modo único de querernos  y creo que nunca nadie podrá entender lo que vivimos, pero yo lo quería, no podíamos estar un día sin vernos aunque estuviésemos enojados, el enojo y la ira solo estaban en nuestras mentes, pero nuestros cuerpos no entendían de eso.  Nos gustaba disfrutarnos después de drogarnos hasta que nos dormíamos exhaustos de la dicha,  y después de haber inhalado el humeante olor de nuestros sexos durante toda la noche, nos levantábamos de prisa para ir a clases, nos encantaba fumarnos un cigarrillo antes de salir y curábamos nuestras evidentes penas con abundantes caricias y un poco más de alcohol.  Cumplíamos nuestras fantasías más ocultas y juntos nos perdíamos cada vez más en nuestros calurosos deseos. Era un placer culposo estar con él, era un amor enfermizo que me extasiaba con fervor  y me dolía a la misma vez, pero ¿Cómo conocí a aquel muchacho? ¿En realidad lo quería, o solo amaba como me hacía sentir? 

   Era un día común y corriente en la academia de artes y estaba sentada fuera de mi salón escribiendo una de mis letras en el tiempo libre que nos daban  antes de la clase de literatura,  siempre lo veía pasar hacia el salón de al frente, a la clase de luminotecnia y sonido. Ese muchacho de ojos ocultos, alto y con cabellos despistados era para mí como ver un oasis en medio de un desierto, me recordaba  a mí misma, o la versión de mí que en esos momentos sobrevaloraba.  Había algo en él  que me hacía estremecer, su forma de caminar, su manera de vestir, era tan audaz y tan varonil.  Siempre llevaba consigo unos audífonos negros y lentes oscuros, deseaba tanto ver sus ojos y mucho más escuchar su voz.  Contemplé aquella belleza misteriosa algunos días, desde que lo vi aparecerse por primera vez en la academia.  Siempre estaba solo y con su celular en mano.  Él era un acertijo para mí, cada vez que le veía se venía  a mi mente la misma pregunta…  ¿Por qué no te conozco aun?  ¿Quién eres?  Cuando de pronto, aquel día, ese niño necesitó un poco de ayuda y para mi suerte yo era la única en el pasillo. Se quitó los lentes oscuros y me dejo ver sus grandes ojos cafés.

-¡Hola linda!

No podía creerlo, su voz era tan impecable como su rostro. Estaba como tonta.

-¡Hola!- Le dije un poco nerviosa, el sonrío un poco y se sentó a mi lado.

– ¿Qué escribes?

-Solo es una letra.

-¡Compositora! Eso es interesante, por cierto, me llamo Diego.

– Te me haces muy conocida…

-Pues sí, es que siempre estoy aquí, a la misma hora, los profesores nos dan quince minutos después de cada clase.

-Yo solo tengo una clase, asique no tengo el horario habitual.  Doy clases aquí, al frente tuyo.

-Sí, lo sé – Me dije para mis adentros y sonreí. – Yo soy Vale…

– ¿Y Por qué tan solita Vale? – Me preguntó intrigado.

-Es que mis amigos están en clases diferentes.

– ¿Y aquí en tu clase no tienes amigos?

– No en realidad.

-¿Por qué? si eres muy amable ¿o es que eres selectiva?

– No creo que sea eso, eso solo que soy un poco complicada…

-¡Complicada! Sí por supuesto.-  dijo en tono burlón.

-¿Por qué te burlas?

– No me burlo, es solo que, las complicaciones son más comunes de  lo que crees, la mayoría de los chicos de nuestra edad son complicados, cada quien con su idea del mundo en la cabeza, todos tratando de superarse en un mar de problemas.

– Un mar de problemas, una carrera con inminente final, un tiempo de absurdos apuros. – Le recite como un poema.  – Eso fue lo que escribí hace unos minutos…

Nos miramos fijamente por unos segundos y sonreímos.

– Bueno Vale, hablando de apuros, resulta que hoy estoy en uno…

– ¿Sí? ¿Qué tipo de apuro?

– Estoy un poco perdido. Al parecer soy el único que no le prestó atención a las indicaciones, ¿Sabes a que piso se fueron todos? 

– No creo que seas el único,  hace algunos minutos estaban otros compañeros preguntándose lo mismo y alcancé a oír que trasladarían la clase al tercer piso.

– ¡Oh! claro, sí, lo había olvidado.

– y creo que también llegas tarde, eso de tus compañeros lo oí hace casi hora y media.

-Vaya, debo darme prisa entonces…

– Sí…

-Pero te veré luego ¿Cierto?

-Claro, cuando quieras.

     Y Así fue como lo conocí y desde entonces cada tarde tuve a aquel chico esperándome fuera de casa, listo para enseñarme todo acerca del mundo que yo no conocía.

 

   Algunos meses después, Diego me llevo a una de aquellas fiestas cerca de los suburbios, íbamos a muchas fiestas, pero esta fue una fiesta brutal, de esas en las que llevas al tope todos tus sentidos.

   Esa noche los chicos decidieron inyectarse heroína, pero ya habíamos tomado una dosis de éxtasis  y estábamos cargadísimos, yo estaba tan bebida que no pude pensármelo bien y me apunté para inyectármela.  Había llegado al punto crítico, a ese punto en el que prácticamente no hay vuelta atrás , en el que el miedo se apodera de tí por completo y te paraliza, te hace incapaz de tomar decisiones y estás a costas de la suerte, pero ya no podía detenerme. No recuerdo mucho de esa noche, solo que amanecí tres días más tarde en un cuarto de hospital.  Abrí los ojos y todo estaba muy borroso y en mi confusión solo pude percibir el rostro bañado de lágrimas de Diego y luego pude ver a mi padre quitándomelo de encima con mucha furia y vociferando que lo sacaran de la sala. Yo no podía moverme, me sentía adormecida y muy cansada, no pude decir una sola palabra, solo oía los gritos de los enfermeros tranquilizando a mi padre. Había sobrevivido una sobredosis y esa fue la gota que derramó el vaso que se había llenado durante todos esos meses. Tiempo después me cansé de vivir en las calles y de repente ya no volví a ver a Diego y sus amigos, me dolió tener que dejarlo, pero tenía que hacerlo por su bien y por el mío. Diego y yo  llegamos a un acuerdo y nos prometimos que seguiríamos con nuestra vida y con nuestros sueños, que viviríamos muchas cosas, todas las cosas que siempre quisimos, y ambos sabíamos que ese era el primer paso para poder conseguirlo,  yo  no quería hacerlo, no quería estar lejos de él,  pero tuve que dejar atrás ese amor obsesivo y demacrante. Él estaba solo y yo era su única compañía, él era el amor de mi vida, me complementaba, pero había algo malo en nosotros y se hacía más fuerte cuando estábamos juntos.  No lo volví a ver desde entonces, fue muy intensa la despedida y ese día nos dijimos por primera vez que nos queríamos, nos queríamos.

 Semanas después dejé de hacer lo que hacía, deje de ser tan irresponsable con mi vida y como si se tratase de algo mágico comencé a resurgir, no lo sabía muy bien en ese momento porque todo era bastante confuso para mí, durante muchos días dudé de que esa fuera la solución – separarme de Diego – y me volvía loca en ocasiones, recaía y luego volvía en razón, me daba cuenta del problema y en verdad deseaba salir de esa sombra.

   Había superado las drogas y me había alejado a propósito del único  que he querido, la intención desde el principio fue olvidar el dolor y la pena, pero no había podido superarlo, el dolor permanecía. Aún quedaba en mi corazón la esperanza de volver a verle.

 

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